Señor Director: Un tema comunicacional en un año de elecciones, para más señales— es la llamativa decisión del gobierno de eliminar la partida presupuestaria conocida como “Glosa Republicana”. ¿Se trata de una estrategia electoral? ¿O de una aversión al concepto mismo de republicanismo, encarnado acaso en el candidato mejor posicionado en las últimas encuestas? La Glosa Republicana, conviene recordarlo, es una asignación presupuestaria destinada al próximo gobierno, con el fin de que éste la utilice según sus propias prioridades. Si el futuro Ejecutivo considera que debe reforzarse el gasto en salud, desarrollo social u otra área, puede hacerlo a través de estos recursos de libre disposición. No es una ley, es cierto, pero sí una práctica republicana nacida del consenso político en los años 90. Se trata de una tradición que ha permitido una instalación pacífica, que permita dar una continuidad inmediata a las labores de estado que no deben detenerse. Eliminar esta práctica no parece un gesto de austeridad, sino una señal política innecesaria. Al parecer, lo único que se pretende dejar al próximo gobierno son las deudas ministeriales, ineficacia y malas prácticas acumuladas, eso sí, sin glosa que valga. Atentamente, Ricardo Sepúlveda.
Cartas al director «En tiempos de lo extraordinario»
Señor Director: En tiempos donde lo extraordinario parece suceder cada día sin que nadie se inmute, esta semana nos sorprendimos con un verdadero milagro. Se trata de la reaparición de una mujer desaparecida durante la dictadura de Augusto Pinochet, nada menos que en Argentina. Según un reportaje televisivo, la señora Bernarda Vera —nombre inscrito durante décadas en los registros del dolor nacional— estaría viva. Y nos enteramos, como corresponde en estos tiempos, no por una comisión investigadora ni por una sentencia judicial, sino por los medios de comunicación. Por televisión. La espectacularidad de este tipo de noticia, que en cualquier país con memoria activa provocaría titulares, debates y, tal vez, disculpas, aquí pasa con una mezcla de desconcierto y resignación. No hay asombro ni reacción. Y surgen, por supuesto, muchas preguntas —que no sabemos si algún día tendrán respuesta—: ¿Estaba viva? ¿La ocultaron? ¿Huyó? ¿Se equivocaron los registros? Tal vez nunca lo sepamos. Atentamente, Antonia Romero.